Siempre te encantó mi voz, a menudo me has hablado de cuán femenina y cautivadora es, de sus grandes posibilidades para la seducción. Por eso no me extrañó demasiado que quisieras basarte en ella para tu nueva inyección de celos morbosos. Acepté encantada, por supuesto. Tú suministrabas la idea, yo debía interpretarla con el talento para la lascivia espectacular que has ido creando en mí. Así, una vía nueva se abría en nuestras fantasías. La voz.

Nuestro vecino esperaba mi llamada. Sentada junto a la mesita del teléfono, depilada, maquillada y perfumada como te gusta, llevaba sólo unas medias negras y unas ligas rojas haciendo juego con el color de los zapatos. Tú me mirabas sonriendo, expectante. Vestido sólo con uno de los kimonos que usas para el verano, en lugar de albornoz, sentado justo enfrente. Para verme y escucharme bien, con el altavoz del teléfono abierto para oírle también a él.

“Ponme lo más celoso que puedas, amor mío”, me habías pedido. Sonreí, estimulada con el objetivo. Adoro tu confianza en lo bien que voy a satisfacer esa pulsión que te caracteriza, mi vida. Apenas marcar el número del vecino, contestó. A la primera. Estaba tan impaciente como nosotros, obviamente. Y ya con la polla fuera, seguro.
Me encantó empezar diciendo:

“Aquí está la zorra de tu vecina”

Sonreíste como diciendo “perfecto comienzo”, y diste un sorbito.

“Susy, yo…”

“¿Tú qué, Manu?. Al grano. ¿Sientes nostalgia de haberme tocado el chochito, de haberla metido en mi boca? Sabes que soy una mujer casada”

“Pero él sabe…”

Te miré para contestar, y ya nunca dejé de mirarte.

“Lo puta que soy. Y le encanta. No puedes imaginar cuánto le gustaron las fotos. Y lo intrigado que está por la personalidad del fotógrafo”.

“Es que aquella idea…”

“Las mira a menudo. Le encanta mi expresión, en todas. Me dijo que en esas fotos supero a las mejores modelos porno, figúrate”.

“Para mí fue tan especial…”

“¿Estar con una mujer casada, mientras nos hacían fotos? Me lo imagino, guapetón”.

Bebiste un poco más. Tu polla empezaba a engordar, sin que tú la tocases, y tu mirada crecía en intensidad.

“No sabes…”

“Por cierto, me encantó tu polla. No muy larga, pero bien ancha. La golfa de tu novia debe estar feliz y contenta”.

El chico temblaba de la emoción y la excitación, apenas podía articular una frase completa. Sintiéndole así, y por decir lo que le decía, empecé a calentarme también yo. Además, tú ya estabas empalmado.

“Susy, me estoy poniendo…”

“Pues ponte, Manu, para eso estoy. ¿Te ha gustado que te dijera cuánto me gustó tu polla?”

“¡Claro!”

“Pues no veas lo que le gustó a mi marido verla en mi boca, en mi cara. Ver en fotos cómo su mujer se la chupaba a otro le volvió loco… de gusto morboso”.

Empezaste a tocarte, por lo cual abrí completamente las piernas, mientras con la mano libre me acariciaba las tetas.

“Sigue, por favor…”

“Mi mirada de guarra, mis ojitos de gata cachonda… tiene todo mi abanico de expresiones lascivas con tu polla dura. Cómo me gustó lamerla, besarla, sentir tu dureza de macho en mi cara, en mi boquita de puta”

Cerraste los ojos unos segundos, por la impresión. Bebiste así, hasta casi apurar el vaso.

“Más, Susy”

“Llevo sólo unas medias negras… ligas rojas de cabaretera… y unos zapatos de tacón preciosos… me pone estar así para ti, Manu, aunque no puedas verme”

Volviste a abrir los ojos, y ¡qué mirada la tuya, cariño!. Cuánto estaba gustándote, de qué forma tan tuya gozabas oyendo a tu esposa calentar a otro. Pero al captarlo, advertí también que necesitabas más. Tanto como yo sentirme más puta.

“Sabes, estar contigo ante una cámara fue alucinante. En algunos momentos recordaba que lo estaba haciendo para él. Pero en otros, gracias a tu soberbia polla la cabeza me daba vueltas y me sentía como una adúltera de verdad. Una guarra que estaba engañando a su marido. Una cerda a la que estaban fotografiando en plena faena, con teleobjetivo desde algún sitio insospechado, enfocando bien su raja pringosa y hambrienta”.

“Más, por favor…”

“También me encantó sentir tu mano en el chocho, metiéndome el tanga. Lo hiciste poco a poco, gracias a mi humedad de zorra, con unos dedos tan hábiles como ansiosos. Estaba segura de que lo habías guardado”

“No sabes cómo estoy…”

“Dímelo, háblame ahora tú”

Evocar aquello delante de ti, para el hombre que se corrió en mi cara, me estaba empapando, a tope. Comencé a tocarme, mientras leía en tus ojos cuánto estaba gustándote.

“Chupas genial, Susy… Nunca me la habían chupado tan bien…Sería capaz de estar una hora así… con mi polla en tu boca, en tus labios, en tu cara…”

“¿Sólo… mi boca?”

“No. Me vuelve loco todo tu cuerpo, tu lencería, tu lujuria”

“Más”

“Quiero follarte también, tenemos que hacerlo. Me encantaría hundirme en tu chocho, inundártelo con mi lefa mientras te devoro la boca”

Estabas tan caliente tocándote que con los ojos te invité a venir a mi lado. Mi excitación acababa de sugerirme una idea estupenda para el final.

“Sigue hablando. Y llámame puta”.

Te acercaste, con la expresión desquiciada por los celos. Nunca me habías oído decirle eso a nadie. Y nunca lo había dicho yo, más que a ti. Cuánto me gustó hacerlo ante tus ojos, que sensación tan nueva, tan cerda.

“¡Eres la más puta, por eso me estás volviendo loco!”

Lo dijo casi gritando, impulsado por la excitación.

“¡Desde que te tocabas sabiendo que te miraba, el año pasado, siempre has ido a más conmigo, por lo zorra que eres!”

Ya gritaba, loco del deseo.
Tu polla apuntaba a mi chocho, chorreante, brutalmente abierto. Entonces alcancé el orgasmo, mientras me acariciaba el clítoris y gritaba algo que desató tus celos más que nunca.

“¡¡Dame por el culo, Manu!! Bien duro, bien fuerte, sin miramientos… insultándome… fóllame por el culo… lo antes posible… por favor…Manu”

Pedir esto ante ti resultó demasiado. El vecinito se corrió entre suspiros de placer y gemidos, llamándome ‘zorra’ una vez tras otra, a cada espasmo, cada vez más bajo.
Pero tú, con la expresión desencajada, no me penetrase para correrte dentro. Significativamente, te masturbaste sobre mi chocho, susurrando igualmente “zorra” a cada espasmo. Lo oía de dos hombres, casi al unísono.

No me esperaba esta paja tuya, interminable, sobre mi chocho. Y cuánto me gustó. Cuánto…
Acto seguido colgué, relajándome poco a poco, mientras recogía tu semen con los dedos, y los llevaba a la boca para saborear esa textura que tanto me gusta. Mirándote como preguntando “¿Qué tal, cariño?”.

Nos sonreímos amorosamente. Y, dado que interpreté correctamente tu mirada, tuve que romper el silencio para decir “tú tranquilo, que no faltará el fotógrafo”.

 

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