Dorothy y el cuento de Oz

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juguetes_eroticosHa sido mi primera experiencia en un local liberal. Y lo escribo apenas un par de horas después de haberlo experimentado porque quiero retener todos los detalles. En mi recuerdo, la sensación de haber cumplido perfectamente en un día laboral como muchos otros. Por otro, la necesidad de finalizarlo como nunca antes lo había hecho. Y entre medias del deber cumplido y el deseo, poco tiempo. Nada disipa mejor las dudas que la necesidad de tomar una decisión rápida. Me di cuenta cuando el metro reinició la marcha y avancé en sentido contrario a lo habitual. Tres paradas. Sólo tres, para reorganizar los objetos de valor en el interior de la mochila y sacar algo de dinero en efectivo. Por si acaso.

Fuera, Madrid ya se adormecía lentamente. La gente se dispersaba en silencio, con cientos de siluetas vagando entre una oscuridad de vez en cuando rota por el paso de los coches. ¿Alguien irá al mismo lugar al que voy yo? Me pregunté mientras serpenteaba entre un cúmulo de edificios en busca de las escaleras que conducían a la entrada del local. Un lugar rebosante de tonos rosas y neones para llamar la atención de los taciturnos pero, sin embargo, lo suficientemente recóndito para tranquilizar a los que dudan.

Abrí la puerta y no me dejé seducir por la exposición de objetos, juguetes y lencería perfectamente organizada a ambos extremos de un suelo blanco sobre el cual se dibujaba una senda que conducía al lugar que estaba buscando. Como el camino de baldosas amarillas que conduce al mundo de Oz, solo que éstas eran negras y había en la mitad una caja registradora rompiendo la magia del cuento.

Al otro lado me encontré una oscuridad laberíntica y algunas siluetas apostadas en lo que luego comprendí que eran los lugares estratégicos para ver. O tocar. O simplemente insinuarse. Me costó adaptarme a aquel laberinto de gemidos masculinos y femeninos, pantallas proyectando bonitos cuerpos y algunas cabinas con los glory holes delimitados con marcas fluorescentes. Me refugié en una pequeña cabina, eché el cierre y tomé asiento en un pequeño taburete de mimbre. En ese momento la excitación era desbordante. Estaba confortablemente en un pequeño refugio de paredes negras mientras las embestidas de la perversidad, el morbo y los prejuicios sólo podían alcanzarme a través de algunos orificios. Unos orificios que rápidamente fueron aprovechados por las siluetas apostadas en las esquinas, dejándome sus miembros o sus bocas a mi disposición. Pero no hice nada. Me conformaba con sentir la excitación de quebrar lo establecido más allá del pensamiento.

Existe algo especial ver cómo aparece una mano anónima entre la oscuridad. O un pene buscando ayuda para terminar su erección. Acaricié un par de ellos hasta que cansados desaparecieron para dejarme solo. Fue entonces cuando me recompuse para abandonar la cabina y busqué la salida sin vacilar. Crucé el laberinto sin levantar la mirada para sentir el último flagelo de excitación provocado por la duda de no saber qué silueta había acariciado. Fuera de aquel mundo de Oz particular avancé por el sendero oscuro en busca de la salida convencido de que merecía la pena volver. Pero siempre acompañado de mi Dorothy. Porque sólo me faltó ella para que el cuento tuviera un final feliz.

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