¿Has tenido un día difícil? -le preguntó mientras le ofrecía una copa de vino. -No veía el momento de volver a casa; de estar contigo. Ella rió con una risa sensual que sabía le volvía loco y se acercó a besarle en el cuello mientras comenzaba a desabrocharle los botones de la camisa. Él cerró los ojos y la dejó hacer mientras el vino empezaba a enturbiarle los pensamientos y una cálida sensación de abandono le invadía.

O quizás todo era efecto de la mujer. La única mujer que realmente había amado, la que hacía doce años que le acompañaba,  de la que no había podido separarse desde el primer momento en que la vio. Lucía. Con su pelo rubio y sus ojos claros, su cuerpo pequeño y cálido y su sensual sonrisa. Lucía, que hacía que cada día valiera la pena vivirse; que le subía al cielo cuando estaba con ella, cuya proximidad le quemaba y cuya ausencia le desgarraba en alma. Lucía, la luz que le iluminaba.

Sin dejar de besarle, le condujo de la mano hacía la habitación. El cuarto estaba en penumbra, con las persianas casi bajadas del todo. Tan solo una tímida claridad de las farolas de la calle se filtraba dejando ver sus figuras, pero no distinguir sus rostros nítidamente. Pero no era necesario verla. Se sabía su cuerpo de memoria, cada detalle, cada estría, cada exquisitez, cada curva. Sabía cómo tenía que tocarla, cómo acariciarla para hacerla alcanzar las más altas cumbres de placer antes de obtener él mismo su liberación. Desabrochó la bata de raso negro y acarició sus pechos turgentes con el dorso de la mano notando como los pezones se erguían. Bajó luego la mano por su desnudo vientre hasta toparse con la suave tela de sus bragas de encaje. Se arrodilló entonces ante ella y despacio la besó en el vientre acercando su boca cálida y pasándola por encima del encaje de su ropa interior.

Ella tenía los puños apretados a los lados, dejándolo hace a su ritmo. Con delicadeza pero con decisión, bajó la prenda de encaje lentamente por sus caderas, acariciando los muslos al tiempo que deslizaba la prenda hasta dejarla caer al suelo. Volvió a subir lamiendo con su lengua los mulos de la mujer y su vientre, y acabó de nuevo en sus pechos deleitándose en su dulzura. -¿Te gusta? -preguntó. -Ya sabes que sí -dijo ella sonriendo y acariciándole el cabello. -Sí, lo sé. La alzó en brazos y la depositó con cuidado sobre el cobertor de la cama. Ella apenas podía dejar de tocarle el tiempo suficiente para permitirle desprenderse del resto de su ropa, y cuando al fin estuvo desnudo, se tumbó a su lado acariciándola de arriba abajo lentamente, deleitándose en su voluptuosidad. La mujer luchaba contra su propia necesidad de seguir tocándole, pero sabía que a él no le gustaba hacerlo así. Ella tenía que encontrar satisfacción antes de que él la permitiera restituirlo y encontrar su propio placer, esta vez juntos. Sintió sus manos y su boca recorriéndola, seduciéndola; no había un solo centímetro de su cuerpo que él no acariciara, que no asaltara. Tenía que abandonarse y rendirse completamente a él.

Su mano se movió experta entre sus piernas haciéndola gritar y suplicar, pero él no la daba tregua. Quería que ella se entregara por completo antes de poseerla. La hacía retorcerse, licuarse en sus manos antes de permitirse él la liberación. -Por favor… -suplicó. Él le separó las piernas y se tumbó sobre ella cubriéndola por entero. Su boca se posó sobre la de la mujer forzándola a recibirle. Sus lenguas se encontraron en una lucha a muerte por alcanzar la salvación. Cuando al fin la penetró, estaba tan desesperado y ella era tan cálida y palpitante que se derramó casi al instante. Perdido en el cenit de placer, gritó su nombre. -Lucía. ¡Ah Lucía, mi amor! -y quedó inmóvil sobre ella. Permanecieron así durante lo que pareció un interminable lapso de tiempo, perdidos ambos en el silencio y en lo más profundo de sus pensamientos. Por fin, él se levantó de la cama y encendió la luz de la mesita de noche. Recogió la ropa del suelo y sin mirar a la mujer se dirigió a la sala. Se vistió y antes de marcharse sacó de la cartera unos billetes dejándolos sobre la mesa. Salió de la casa con una sensación de enorme vacío, como siempre le ocurría. Por un rato había vuelto con Lucía, la mujer de sus sueños; su mujer.

La había vuelto a tener en sus brazos y se había vuelto a sentir amado por ella. Pero cuando encendía de nuevo la luz, Lucía no estaba. Hacía dos años que ya no estaba. Aún seguía maldiciendo a la muerte que se la había arrebatado en aquel estúpido e infortunado accidente. Cabizbajo, se dirigió a su coche. Por hoy ya había tenido bastante. Pero volvería. Sabía que lo haría. Esa era la única manera de volver a estar con Lucía, de volver a sentirse amado a cualquier precio. Cuando oyó que la puerta se cerraba, la mujer se levantó de la cama y poniéndose un albornoz salió a la salita. ¡Se sentía tan sola! Se pasaba los días esperando que él volviera, como ocurría desde hacía más de un año. Por unas horas era la mujer más feliz del mundo. Mientras él la amaba. Pero luego volvían a la realidad y él se daba cuenta de que ella no era Lucía. ¡Cómo la odiaba! Daría cualquier cosa por borrarla de la mente y de la vida de él. Porque alguna vez le hiciera el amor a ella y no a Lucía. Pero sabía que eso no iba a ocurrir. Se tenía que conformar con lo que tenía. Era todo lo que iba a conseguir de él.Y se conformaba. Solo que a veces el amor no correspondido que sentía dolía tanto…

Vio los billetes sobre la mesa donde él los había dejado antes de marcharse, pero no los tocó. No era una prostituta y él lo sabía. No se acostaba con él a cambió de obtener una retribución económica. Aún así, siempre le dejaba dinero. Quizás para tranquilizar su conciencia. Y ella lo aceptaba porque no quería perderle; porque le quería. Y estaba dispuesta a seguir a su lado mientras él lo quisiera. A tener su amor a cualquier precio.

 

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